Con las expresiones viejas pasa lo mismo que con las fotos de juventud: admiras la frescura y el vigor de entonces, pero sientes vergüencilla de las pintas que llevabas. A uno le cuesta imaginarse diciendo cosas como guay del Paraguay, dabuten tronco, me voy a dar un voltio, me najo y la cagaste Burt Lancaster, pero la realidad es que las dijimos. Y mucho.

Las expresiones sirven para muchas cosas. Dan información sobre un asunto, pero también establecen un contexto en el que se produce el mensaje y un vínculo entre el emisor y el receptor. Si en los años ochenta, por ejemplo, le contabas un suceso a un amigo y empezabas diciendo alucina, vecina, no sólo estabas indicando que el suceso era sorprendente e inesperado, sino también estabas reafirmando tu relación personal con él, basada en un código y en unos valores compartidos.

Las expresiones están llenas de connotaciones, de complicidad, de esa necesidad de formar parte de algo en común. Con unas pocas palabras, podemos contar una cosa y, al mismo tiempo, transmitir nuestro deseo de pertenecer a un grupo, de ser aceptados por el otro. El máximo exponente de esto sería el argot, esa forma rara de hablar que tienen los abogados, los publicitarios o los miembros de una banda juvenil. Esa gente.

Esto es muy importante en la comunicación, puesto que utilizar las expresiones adecuadas con cada público objetivo es la mejor manera de captar su atención y ser escuchados. Es decir, no podemos dirigirnos a un grupo de adolescentes actuales con un de qué vas, Bitter kas, porque nos miraran como a marcianos. Para ellos, las expresiones atractivas son otras: hasta nunki, vaya chusta, te están troleando, menudo fail, tienes flow o zas en toda la boca. Expresiones que pronto caducarán y de las que renegarán nuestros adolescentes, al igual que nos pasa a nosotros con las nuestras.

Aquí lo dejamos, que nos estamos alargando. Echa el freno madaleno. Ya es demasié pal’ body. No te enrolles, Charles Boyer.