Vaya por delante que Halloween nos parece una fiesta cuando menos discutible. Que uno de Beasain, por ejemplo, decore su casa con calabazas siniestras y salga a la calle vestido de esqueleto y pidiendo a la gente que elija entre truco o trato es tan disparatado como imaginar a un americano tocando la tamborrada, allá en el lejano Wisconsin, o a un grupo de amigos de Utah montando una txosna y ofreciendo kalimotxo a sus vecinos mormones. Pero, bueno, también es verdad que a una fiesta regalada no hay que mirarle el diente y que cualquier excusa es buena para chiflarse un rato.

El pretexto de Halloween, además, nos sirve para hablar de brujas y creatividad. Porque resulta que hay un fulano de Elgoibar que ha escrito e ilustrado un libro titulado Brujarella, una historia deliciosa sobre una bruja a la que se le ha perdido un calcetín. Él solito ha hecho todo. El artista se llama Iban Barrenetxea y, desde que surgió de la nada hace cinco años, no ha parado de recibir todo tipo de reconocimientos: dos Premios Euskadi (los galardones más importantes que se dan aquí), otros dos White Ravens, una Placa de Honor en Bratislava y el Premio de la Fundación Cuatrogatos, entre otros. Barrenetxea ha publicado unos 15 libros, que han sido traducidos al francés, italiano, japonés, brasileño, coreano y, por supuesto, al euskera. Brujarella, de momento, ya ha sido traducida al ruso.

libro iban barrenetxea

Es decir, que unas brujas hechas en Gipuzkoa, en un pueblo de poco más de 10.000 habitantes a orillas del río Deba, van a viajar por todo el mundo, y no precisamente a bordo de sus escobas mágicas. Y eso es inspirador. Para todos. Para cualquier empresa pequeña, y para nosotros mismos. Si contamos con un buen producto, si tenemos creatividad y si sabemos utilizar las herramientas de marketing que nos ofrecen las nuevas tecnologías, podemos llegar muy lejos. No importa de dónde seamos, ni nuestro tamaño. El planeta se ha vuelto menudo. No hay límites para el talento.

A veces, triunfar parece una cosa de brujas. Pero no hay nada más mágico que hacer las cosas bien.